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October 30, 2025Last edited: November 7, 20256 min read

El desierto de las brújulas rotas

Sobre empezar a escribir para no olvidar el rumbo.

#life#writing#es

El umbral

Los acordes de "Zanarkand" suenan en el fondo de mis auriculares. Final Fantasy X es laureado - y con justa causa, si las voces del pueblo son de creer - como uno de los hitos fuertes de la saga de Square Enix; sin embargo, yo solo estoy aquí por la música. Aún no he tenido el privilegio de jugarlo. Suele ser el caso con muchos otros títulos, la gente me habla de ellos pero yo solo los conozco por sus acordes musicales. Quizás algún día me dedique a recorrer toda mi todo-list de títulos recomendados por música.

El piano del soundtrack me invita a la reflexión. Intento ordenar mis pensamientos y encontrar en ellos un hilo conductor que me permita romper el ansiado muro de la página en blanco.

Intento meditar sobre el proceso de escribir un blog, cual si fuera el proceso de llevar adelante un desarrollo - si uno lo mira con el cariño suficiente, la cosa termina siendo bastante parecida...

Zanarkand, en términos de vibes, a falta de una palabra mejor, me habla de un gran viaje, una aventura, un ciclo que comienza, un peregrinaje donde lo que importa realmente es más la travesía en sí misma, antes que el destino. No sé realmente si esa era la intención de Uematsu al componer el tema - pero sí sé que es lo que me dice a mí.

Como todo viaje, tiene que empezar por algún lado, así que recopilé en mi mente los "elementos principales" que me han traído a esta coyuntura y que inspiran mi necesidad de comenzar a asentar en texto lo que ya tan pesado me resulta cargar en mi mente.


El desierto

Mi punto de partida para este viaje comienza durante La Era del Encierro, la frontera temporal que separa mi yo moderno del "pasado antiguo".

Otro día gris de "oficina" - more like home office - otro día más del daily grind.

Seis años cumplidos en julio de 2020, de mi viaje por ese mundo en un pañuelo que llamamos "sistemas" o "desarrollo de software". Seis años de la misma promesa eterna, siempre incumplida, siempre distante: "acá vas a poder crecer", "somos una familia", "valoramos la innovación".

Todos quieren tus manos para tipear código estéril, pero ninguno realmente quiere tu alma, y la drenan poco a poco a través de la canaleta de los PRs y reuniones de planning.

En este desierto sin luna ni estrellas, donde no hace ni frío ni calor y donde no funcionan las brújulas, vagaba yo, solo y sin rumbo fijo. El yo del tiempo antiguo se había perdido en el burnout y el caretaje corporativo del ambiente, las "reuniones de alineación de objetivos" y las 1:1 meetings.

Zanarkand continua sonando en mis oídos. Impulsándome de todas maneras a avanzar en este devenir que llamamos existencia. Mis pasos no dejan huellas detrás de mi, por lo que no tengo ya memoria de los hechos que me trajeron a este punto.

Es entonces cuando por capricho del destino, encuentro entre cajones de muebles la vieja cámara fotográfica de mi viejo. Una reliquia de los años '60 que, abandonada como estaba, aun funcionaba mejor que la mitad de los monolitos legacy escritos con Java 6 que me tocaba mantener.

Ese click mecánico del obturador, ese momento de capturar la luz real sobre película real, me trajo de vuelta algo que creí perdido hace tiempo: la sensación de crear, algo tangible, algo bello, algo que no moriría en un review de un sprint frente a managers que no distinguen la diferencia entre un array y un ArrayList.

Durante los tiempos del encierro, mucho volvió. Como quien encuentra un oasis en este desierto. Construí con rudimentarios implementos de carton mis primeros "laboratorios" y "escáners" para mis incipientes negativos. Pasé noches programando juegos de consola de comandos con renovado vigor, software completamente inútil, pero completamente libre de compromisos, mas que el de hacerme sonreír nuevamente y recordarme por qué me enamoré del arte de programar en un primer lugar. Sin KPIs u otros indicadores bonitos para mostrar a gerentes en un spreadsheet. Sin tener que justificar un ROI.

Final Fantasy XV y su fantasía "roadtrip & the bros" me hizo volver a creer que el bien siempre vence, incluso en las noches mas oscuras.

League of Legends trajo consigo mi primer llegada a Oro, y luego mas adelante, Platino, recuperando una gracia dentro de ese caos puro que es gestionar objetivos dentro de un MOBA que ningún manager podría imitar jamás en un roadmap.


El peregrinaje

Fast-forward a 2025. La inteligencia artificial me susurra nuevas promesas. Me muestra nuevos mundos donde me convierto en un maestro de specs y tejedor de prompts. El daily grind laboral ahora conlleva meetings donde se habla de "adopción", "productividad" y "way of working". Lentamente la máquina se inmiscuye dentro del oficio, quitándole de a poco los últimos retazos de belleza para reemplazarlos por automatismos y generadores de bugs.

No me molesta; el desarrollo de programas empresariales de calidad hace rato ha muerto.

Otra vez, las empresas quieren domesticar mi pasión. "AI Engineer" suena lindo en LinkedIn, pero en la práctica es lo mismo: PowerPoints, stakeholders, MVPs que mueren en producción. Política de oficina con buzzwords nuevos.

Por otro lado, off the clock, Claude se vuelve mi confidente. Cursor me genera piezas majestuosas para mis juegos de terminal y me ayuda a mantener mi filo. Juntos, creamos un santuario allí donde se encuentra la intersección del arte de programar, de fotografiar, de jugar.

De esos primeros tortuosos pasos en 2020, he avanzado. Mi laboratorio creció, y finalmente se formó en mi la idea de comenzar a escribir mi viaje.

Abro una terminal nueva, con renovada intención.

mkdir lux-solari
  cd lux-solari
  git init 

Allí fuera, el daily grind sigue siendo gris. Los MVPs siguen cayéndose igual. Y los monolitos siguen igual de irrompibles que siempre.

Pero en la noche, lejos de las miradas corporativas, con los negativos secándose, y el código compilando nuevos sueños, "Luciano el backend", "Luciano el empleado" murió un poco.

Y Lux Solari comenzó a brillar.

No sé realmente si algún día encontraré mi Zanarkand, esa tierra prometida donde mi código y mi arte sean libres completamente, pero estoy determinado a documentar mi viaje, para nunca olvidar los pasos que me trajeron hasta aquí.

Y así, mientras me embarco en él, Somnus comienza a sonar suavemente en mi playlist... Pero ese tema es para otra historia.