Latente
De las letanías para volver a mirar
Nix
En el fondo de un placard, entre las cosas de mi vida en pareja, había una vieja cámara. Yo no recordaba que estaba ahí.
La pandemia y mi reciente separación provocaron uno de esos clásicos "momentos bisagra" en los cuales me vi forzado a reconstruir ciertos aspectos de mi vida que quizás había dejado algo abandonados.
Hacer el duelo de una larga relación solo, encerrado y en constante paranoia causada por la cuarentena, fue una de las más largas noches que me tocó atravesar en mi vida adulta. Hasta podría animarme a decir que fue mi propia crisis de los 30, de algún modo. Todos transitamos alguna versión del Covid-19 y su encierro global. Yo lo tuve que hacer mientras atravesaba un desierto emocional cual Saint-Exupéry varado en el Sahara, sin agua ni brújula para encontrar el rumbo a casa.
Para ese tiempo, me encontraba un tanto estancado en mi carrera profesional, arrastrando mi voluntad de trabajar entre viejos middlewares de OpenShift, enrevesadas arquitecturas de "microservicios" que en realidad no pasaban de ser monolitos horrendos escritos en Java 6, con dependencias tan viejas que para comprenderlas bien hacía falta una licenciatura en arqueología.
En el medio también probé otras cosas, comencé a mojar mis pies en game development, cosa que hasta el día de hoy no me ha llevado a ninguna parte profesionalmente, pero que sí logré convertir en un buen pasatiempo para encontrar una excusa para programar algo interesante fuera del trabajo. Intenté, también sin éxito en su momento, armar un portfolio de fotos; no me sentía aún cómodo con el material que quería exponer ahí.
La falta de disciplina, la necesidad de mostrar "contenido que guste". Había algunas piezas que aún me faltaba desbloquear y que aún no me había dado cuenta.
Todos estos intentos fallidos de proyectos (esos son solo algunos) hasta allí no eran más que la expresión angustiada de una conciencia fragmentada que buscaba desesperadamente una forma de bajar a la tierra, y volver a sentir. El desarrollo de software y el trabajo constante en tecnología tienen una forma muy insidiosa de desensibilizarte y hacerte olvidar de las cuestiones creativas, las que necesariamente proveen un balance frente a la abstracción matemática del mundo lógico.
Eos
El tiempo se movía lento en el encierro del apartamento. Los días eran todos iguales. A veces no me daba cuenta que había llegado el fin de semana.
Hasta que un buen día se produjo el giro. Limpiando desganadamente mi habitación y mientras decidía qué cosas de mi ex-vida de pareja tirar a la calle, encontré, por la más pura casualidad, la vieja cámara de mi padre.
No era yo un extraño a la afición fotográfica; hacía tiempo había vuelto a las rondas pero utilizando una Nikon D3200 digital, mi primera DSLR que había podido comprar con dinero propio, allá por 2016. Me dio algunas de mis primeras armas a través de varias salidas de paseo y vacaciones con mi ex, y numerosas convenciones de animé y juegos. Muchos de esos fotogramas, como todo lo digital, se perdieron en las arenas del tiempo y el éter de mis discos de almacenamiento, debido a malas políticas de preservación de datos de mi parte.
El encuentro con la vieja Miranda, polvorienta y ajada por el desuso, se sintió muy vívidamente como la sensación de encontrar un oasis en un desierto.
Pasé horas tan solo contemplándola, observando el maltrato que el paso del tiempo y el abandono le habían propinado a tan noble artefacto. Los recuerdos de la infancia se apilaron; esta cámara había sido testigo silencioso de muchos momentos familiares y había sido el "juguete" que mi papá me había dado para calmar mi ansiedad en muchas salidas.
No se dio cuenta que también instaló en mí la afición por la fotografía. Y esa afición - la verdadera, aquella que surge desde lo más visceral y no tiene descripción racional posible - acababa de volver a despertarse.
Algo finalmente asomó en las penumbras. Tomé la cámara. La limpié, la alimenté con un nuevo rollo. Lentamente, el ojo interior fue despertando. Un verdadero momento de homecoming. Con manos temblorosas y artilugios improvisados, tomé ese proverbial primer rollo. Seguro, ya había visto otros rollos antes salir de esta cámara, hace décadas; éste era el primero verdaderamente mío. El primer trabajo que no se sentía como una colección de 36 instantáneas sacadas con un celular.